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¿Todos somos adictos?

¿Todos somos adictos?

somos adictosLa Real Academia Española define el término “adicción” como un “hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos”.

En términos más simples, una adicción es toda aquella conducta humana, habitualmente dañina para nuestro organismo, que comienza a evidenciarse primero en forma aislada y que luego se va convirtiendo en reiterada, hasta tornarse inmanejable.

Existen numerosos tipos de adicciones, algunas de ellas, incluso tal vez insólitas y desconocidas años atrás. Además de la adicción a sustancias prohibidas (drogas), nos encontramos con un creciente número de adictos al alcohol, al cigarrillo, e incluso a la comida. Esta última tiene consecuencias tan graves como las anteriores, ya que el consumo desmedido de alimentos resulta en obesidad y enfermedades tales como la diabetes. Esto genera una cifra global de 3.000.000 de muertes anuales ligadas a este último exceso.

Pero éstas no son las únicas. Existen también adicciones de otro tipo que tienen un impacto social grave. Tal vez no llevan a la muerte del cuerpo, pero sí de las emociones y relaciones. Son cada vez más evidentes los casos de adicción a:

“La mayoría de las personas, entonces, podemos estar siendo víctimas conscientes o inconscientes de una adicción, es decir de un consumo compulsivo que nos está desbordando, que no podemos manejar, y que nos terminará perjudicando tarde o temprano”, apunta la Lic. Paula Slythe (MP: 9042), miembro de Cales.

¿Por qué nos hacemos adictos?

Paula Slythe apunta que el consumo compulsivo de cualquier sustancia, o la práctica excesiva de cualquier hábito, tiene siempre un objetivo de fondo: ocupar aquello que nos “falta”. Es decir, se trata de llenar un vacío o satisfacer una carencia. La “falta” por sí misma no es mala, sino que es el motor que nos pone en marcha para seguir viviendo, y la razón por la cual nos levantamos cada día. En otras palabras, cada día buscamos llenar aquello que nos “falta”.

“El problema con el que nos encontramos es que esta búsqueda de aquello que nos falta (puede simbolizarse en objetos materiales o necesidades afectivas) tiene una doble cara. Por tanto, es al mismo tiempo mortificante: nos sentimos constantemente incompletos, y estamos imposibilitados de hallar satisfacción. Nunca nada alcanzará, y eso angustia”, asegura la Lic. Slythe, quien explica que en este punto es cuando aparece la adicción para “cubrir aquel espacio vacío por aquello que nos falta”. Su función principal es la de “canalizar la angustia”.

Es decir, el síntoma tiene también una doble cara: por un lado, alivia la angustia, por el otro produce algún daño. Una vez más, el problema no es el tóxico, sino la causa de la angustia que desata una relación de objeto mortificante. Una vez localizada la causa, el consumo compulsivo debe ceder por añadidura. Pero esto se dará en el marco de un tratamiento integral, personalizado y comprometido. Es decir: responsable.

Las falsas ventajas de la adicción

En el caso de ser objetos inanimados los que se consumen en exceso, se adiciona la “ventaja” de la inmediatez. En otras palabras, aquello que llena mi vacío, al menos en forma superficial, está siempre “en bandeja”, a mi disposición, y no depende de la decisión de un tercero.

“Estos objetos, prácticas o sustancias no hablan, no piden, no exigen, no señalan, no se confunden, no se van, no nos interpelan ni nos hacen ninguna pregunta. Están allí siempre disponibles para dar a nuestros cuerpos una satisfacción que por momentos pareciera ser completa; que por un instante pareciera dar en el blanco de mis problemas, produciéndome una satisfacción que, en rigor, se terminará esfumando rápidamente como la espuma. Es efímera y en un abrir y cerrar de ojos necesitaré otra vez ese u otro objeto para seguir sintiéndome lleno”, agrega la especialista.

¡Cuidado con la prohibición!

Cuando las consecuencias de la adicción comienzan a ser evidentes, ya sea en términos fisiológicos (engordar, tener problemas en los pulmones por el cigarrillo, tener repetidas situaciones de borrachera, etc.), o psicológicos (alejarse de la familia, perder los amigos, perder efectividad en el trabajo, etc), se produce un momento en el que comenzamos a preocuparnos y a concientizarnos sobre lo que nos está pasando. Es en este instante cuando muchos deciden buscar ayuda. Pero si la misma no es la adecuada, lo único que logrará la persona es frustrarse una y otra vez. De esta manera, se mandtendrá su adicción sin poder llenar ese vacío de lo que le ¨falta¨”.

Comenzamos una dieta, un método para dejar de fumar, un tratamiento de alcoholismo, un programa de desintoxicación de drogas. Pero al hacerlo sin ayuda profesional, lo enfocamos desde la óptica de la prohibición.

“Aparece en esta instancia la figura de un tercero (pareja, familiar, amigo, terapeuta) que conoce nuestra adicción y nos prohíbe, intentando alejarnos repentinamente de aquellas cosas que sabemos que son destructivas pero, como habíamos explicado, es al mismo tiempo la respuesta, la solución que inventamos. Por ello la dificultad se acrecienta”, afirma la Lic. Slythe. Además, aclara que este momento es “peligroso”, ya que de la mano de la prohibición viene otra situación: se incrementa el deseo y la necesidad de transgresión.

Para graficar esto con un ejemplo cotidiano, sólo nos basta con ver el caso del niño al que sus padres le señalan que está prohibido meter sus dedos en el enchufe. La sola prohibición es prácticamente lo mismo que indicarle que se dirija hacia el enchufe.

Buscar la “posición de elección”

Entonces, ¿cómo salir de este círculo vicioso, sabiendo que al hablar de prohibición tendremos casi asegurada una cuota de transgresión, rebote o desdoblamiento del deseo? La clave está en poder alcanzar una «posición de elección», la cual hace caer la díada prohibición-transgresión.

“Dicho de otra forma, cuando nada está prohibido pero se elige y se cede a la pérdida que entraña una elección (a pagar los costos que están implicados en un deseo, en una elección), entonces es posible escaparse de ese encierro. Suena sencillo, pero cambiar de posición del ‘tengo que’ al ‘quiero’ es un gran trabajo”, explica la licenciada.

Los ¨tengo que¨, de los cuales tanto nos quejamos, al menos nos salvan de exponernos a la desorientación de no saber qué y cómo hacerlo, de no tener que inventar una manera propia. Los ¨tengo que¨ son una solución rápida, un camino conocido, es seguir una receta. Exponerse al ¨quiero¨, en tanto, es enfrentarse a no saber cómo hacerlo, a tener que inventar la respuesta a la medida propia, para ese quiero.

Entonces, cualquier proceso de deshabituación de consumo deberá ser abordado desde este enfoque. Y en ese sentido recomendamos la supervisión de especialistas de manera interdisciplinaria, que puedan ayudar tanto a la persona como a su familia a generar el ámbito ideal para que el propio paciente decida abandonar su adicción y comenzar una nueva vida.

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