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Rugby, violencia y masculinidades

Rugby, violencia y masculinidades

Diez rugbiers contra un chico ¿el resultado? El peor.

Rugby, violencia y masculinidades - Equipo de rugby masculino

A raíz del asesinato de Fernando Baez Sosa, resurgió un debate que viene tratándose hace algún tiempo. La idea de que el rugby forma sujetos violentos y peligrosos ¿Es este deporte en particular el problema? Creemos que no.

Quizás este caso fue el más notorio por su lamentable final, pero hace tiempo que se vienen denunciando golpizas y abusos con un denominador común: el rugby. Esto nos lleva a pensar y a cuestionar, cuál es la característica de este deporte, que lleva a los que lo practican a mantener estas conductas.

Repasemos algunos titulares: “Imputan a cuatro rugbiers por el abuso sexual de una chica en una fiesta”, “Un grupo de rugbiers golpeó brutalmente a un joven a la salida de una disco”, “Un grupo de rugbiers golpearon a un indigente y generaron el repudio en redes sociales”.

A partir de estos titulares, podemos extraer ciertas características comunes: el rugby, el grupo, la violencia y la masculinidad.

Entendemos que generalizar no sirve, por eso no decimos que todos los que juegan al rugby son violentos. Pero sí creemos que es necesario indagar cuáles son los elementos que el campo del rugby habilita en ciertos jugadores, para que se sientan con el derecho a realizar estos delitos. En este artículo lo intentaremos.

No es el rugby

A lo largo de la historia, encontramos muchos casos de asesinatos a manos de profesionales de diferentes deportes: Carlos Monzón, Oscar Pistorius, Marc Cècillon, entre otros. Particularmente, todos los ejemplos que señalamos se tratan de femicidios. Boxeo, atletismo y rugby; diferentes reglas, diferentes preparaciones, un solo factor común: todos hombres. 

De las 4430 mujeres argentinas que practican rugby no hay ni una sola acusada de homicidio, linchamiento o acoso sexual. Rugby, violencia y masculinidades - Jugadoras de rugby femenino

Además el rugby es uno de los deportes más populares en Argentina y los casos de homicidio, linchamiento o acoso no representa un porcentaje alto dentro de los miles que practican el deporte.

Claramente, el problema no es el deporte.

Las prácticas deportivas llevan implícita la idea de fuerza física, agresividad, potencia, incluidas también conductas y acciones violentas. Pero esto se asocia directamente al modelo de masculinidad hegemónica impuesto por las sociedades.

Violencia

El psicólogo canadiense Albert Bandura, enuncia la Teoría del aprendizaje social. En ella explica que la persona aprende la agresión a partir de dos factores. Primero, la observación de cuánto sirve la violencia para lograr cierto objetivo y luego, el aprendizaje que se da a partir de la reacción social: su afirmación o su castigo. En el deporte, se anima a los practicantes a ser agresivos con el oponente para conseguir un mayor rendimiento. El reconocimiento y aval o la falta de castigo de estas acciones por parte  de los entrenadores, padres, pares y el público, provoca el aprendizaje de la conducta agresiva

El rugby es un deporte de contacto, como tal, requiere características particulares en sus jugadores: cierto tamaño, fuerza y tolerancia al dolor. Es conocida su promulgación de valores: disciplina, compañerismo, sacrificio, honradez y respeto. Siempre se habla de la caballerosidad dentro de la cancha y del respeto a las decisiones del réferi. 

Desde chicos, se les enseñan estos valores. ¿Cómo puede ser entonces que fuera de la cancha no se comporten igual? 

Juan Bautista Branz —investigador del Conicet— , estudió la relación entre las masculinidades y el deporte, centrándose especialmente en el rugby. Entrevistó a varios jugadores, transcribimos algunos testimonios: 

“…Y caballerosidad por una cuestión de que el rugby está siempre rozando el que te cagues a palos, rozando el desastre”

Esto tiene sentido si pensamos que el rugby es un juego de contacto, en el que hay treinta personas, con un promedio de  102,39 kilogramos y una estatura de 1,86 metros, golpéandose permanentemente. Claro que están rozando el desastre. Claro que se necesita una figura que controle. Por eso es que la autoridad del árbitro es tan importante y se le da tanto valor.

“Para mí el jugador de rugby es como un rottweiler con bozal, se saca el bozal y te muerde, entonces vos tenés que el bozal es el réferi…”

Sin embargo, las teorías psicológicas sobre la violencia en el deporte no nos sirven en este caso. Simplemente porque la violencia que queremos tratar no se da en el terreno de juego. Se da afuera del club o en sus instalaciones, pero no durante el juego en sí. Fuera del juego, las conductas agresivas están permitidas y están avaladas por los clubes y el entorno; quizás no desde el aplauso, pero sí desde la falta de castigo. Siguiendo con la teoría de Bandura entendemos que hay una estructura que avala las prácticas violentas y que permite que los sujetos las aprendan e incorporen.

Estamos hablando de conductas que se replican en actividades cotidianas. El rugbier en el partido puede ser todo lo caballero que quiera, pero ¿qué pasa cuando no está el árbitro para amonestarlo? ¿qué pasa cuando están en un boliche o de vacaciones? 

Pasa lo que pasó. Pasó que diez tipos, entrenados para patear una pelota a un poste que mide tres metros de altura, deciden usar la misma fuerza contra la cabeza de un chico. Como no había árbitro, no los paró nadie.  Siguiendo la metáfora del rugbier, eran 10 rottweilers sin bozal, mordiendo… matando.

Masculinidades

Entendemos que esta latencia de la violencia viene impuesta históricamente desde la idea de masculinidad. Por eso se vuelve necesario analizar cuáles son los relatos de masculinidad que se construyen, reproducen y legitiman en el espacio del rugby.

Elisabeth Badinter establece que la identidad masculina se emparenta con el hecho de poseer, tomar, penetrar, dominar y afirmarse. En los deportes, pero en el rugby, particularmente, la esencia de la educación de los varones se basa en ser agresivos, ganadores y humillar a sus rivales. 

Badinter explica que existen múltiples masculinidades. A partir de esta idea podemos entender mejor las prácticas de poder y dominación no solo sobre las mujeres, sino también sobre otros hombres o masculinidades, estableciendo distintas jerarquías de poder. 

Es por esta razón, que en estos grupos es necesario legitimar permanentemente la masculinidad mediante ciertas prácticas de poder. Esto queda evidenciado, por ejemplo, en los rituales de iniciación que se llevan a cabo en los mismos vestuarios de los clubes. Rituales que conllevan en el “mejor” de los casos, violencia y, en los más graves, implican abusos.

El psicólogo Hugo Huberman explica que la masculinidad se construye en sociedad, en la relación con los otros y que son los grupos los que acentúan los procesos de socialización. Esto nos lleva al último de los elementos a analizar: el grupo.

El grupo

Si hay una característica fundamental en todos estos crímenes es la de los ataques realizados entre varios. En ninguno de los casos se habla de un rugbier solitario, siempre en grupo. Dentro de la cancha son un equipo y afuera también. Si tocás a uno, los tocás a todos.

Antes de continuar, queremos aclarar una cosa, quizás obvia, pero que muchas veces se olvida y no parece importante remarcar: todos los grupos están formados por individualidades.

En el rugby es muy común esta idea de fraternidad. Es uno de los principales valores que se promueven: el equipo, la pertenencia, la cohesión. Esto en principio podría llegar a ser muy positivo. Sin embargo, esta necesidad de grupo, mezclada con las conductas de competencia y legitimación de masculinidad se vuelve nociva tanto para los que integran el grupo, como para los que no.

Hugo Huberman explica que el grupo lleva a hacer cosas que no harías solo. Y agrega que la presión grupal es fatal: si no hacés lo que hace el grupo quedás afuera, y si quedás afuera te convertís en una víctima más del grupo. 

Hay un cierto modo de “ser varón”, que exige demostraciones permanentes. En el grupo se exacerba esta necesidad. Como vimos, esto puede ser muy peligroso. 

¿Cuál es la salida entonces?

Creemos que la educación y, mediante esta, el desaprendizaje de la violencia, constituyen el primer paso para solucionar el problema de la violencia en los deportes. Es necesario que se enseñe a los chicos y chicas a cuidarse. Enseñarle a los varones que se puede ser hombre sin ser violento.

Huberman explica que se debe educar no solo a los chicos, a los jugadores, sino también a los adultos y encargados: entrenadores, dirigentes, autoridades. El profesional explica, además, la necesidad de aplicar la Educación Sexual Integral (ESI)—y, agregamos, la perspectiva de género—, ya que el deporte está sumamente vinculado al cuerpo y los entrenadores no siempre son conscientes de eso. Es fundamental educar sobre los cuerpos de cada uno y los límites con los de otros.

Será necesario además condenar la violencia y erradicarla del deporte. Es importante utilizar las actividades deportivas como una herramienta para favorecer la igualdad, la convivencia y la integración. Además, mediante el deporte, se inculcarán valores como el respeto, la interacción, el compañerismo, la implicación y la deportividad.

Esperemos que el caso de Fernando sirva para promover el cambio, para que las instituciones y los clubes entiendan que es necesario modificar estructuras profundas sobre las que cimientan sus valores. Que entiendan que esas estructuras no pueden seguir reproduciéndose porque resultan nocivas tanto para la sociedad como para los mismos clubes y sus integrantes. 

Esperamos, ahora sí, que el caso de Fernando sea el último.

Fuentes